Este es un cuento budista para reflexionar sobre la ira.

Da igual si hay alguien en el bote o no: yo decido cómo sentirme.

Había un monje al que le gustaba meditar en silencio, pero siempre había mucho ruido alrededor. Así que un día decidió subirse a un bote y remar hasta el centro de un lago, porque allí estaría mucho más tranquilo y podría concentrarse mejor.

Cuando llegó al centro del lago, comprobó que allí se respiraba mucha paz. Cerró los ojos y se dispuso a meditar. Pero, cuando estaba en la fase más profunda de sus reflexiones, algo golpeó su barca y le desconcentró. Se enfadó tanto que pensó:

– ¡En cuanto abra los ojos, me va a oír la persona que ha golpeado mi bote!

Pero, ¡oh, sopresa! Cuando abrió los ojos solo vio una barca vacía. Seguramente el viento la había arrastrado a la deriva desde la orilla.

Se quedó pensativo y concluyó que ese sentimiento de ira no venía del exterior sino que residía en él. Se dijo:

Cada vez que me enoje con alguien, recordaré que ese enfado está dentro de mí.

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