«Solamente tenemos una vaca», dijo el padre de familia.

Esta historia trata del aferramiento, de lo limitante que es el miedo al cambio, de buscar salidas si no nos gusta nuestra situación actual.

Cuenta esta historia que andaba un maestro, con su discípulo, de pueblo en pueblo conociendo lugares y personas y maneras de vivir; eran ejemplos prácticos para su discípulo.

Una tarde llegaron a una casita muy sencilla, en medio de un prado, en la que vivía una familia con sus tres hijos. Eran muy pobres y su única posesión era una vaca, gracias a la cual podían subsistir con penurias por su leche, con la que también hacían queso, nata y yogures, y que luego vendían en el mercado local para poder comprar algo de comida.

El maestro saludó y conversó con el padre, que en ese momento estaba ordeñando la vaca. Este les invitó a compartir la escasa cena que tenían y a pasar la noche en su humilde casa, pues anochecía. Después de cenar, el maestro se despidió de la familia porque él y su discípulo partirían muy temprano

Antes de amanecer, el maestro despertó a su discípulo y se alejaron de allí, no sin antes hacer una cosa que reconcomió durante mucho tiempo el alma del discípulo: el maestro se acercó a la vaca con una pequeña daga en la mano y le hizo una pequeña incisión, con lo que la vaca entró en sueño y murió.

El discípulo, horrorizado, preguntó al maestro:

  • ¿Por qué? ¡La vaca es lo único que tenía esta pobre familia! ¡Ya no les queda nada! ¿Qué van a comer ahora?

El maestro miró a su discípulo sin dejar de andar y le dijo:

  • No se trata de la vaca, porque no depende de la vaca. Depende de ellos.

El discípulo estuvo desconcertado y enfadado con su maestro muchos meses, sin entender por qué había hecho eso su maestro. ¿Qué enseñanza podía extraer de esa situación?

Pasó el tiempo, y un día el maestro quiso saber qué sucedió con aquella familia. Así que se pusieron en camino.

El discípulo buscaba la humilde casita, pero no la veía. En su lugar vieron una preciosa casa, grande, rodeada de un hermoso jardín con bellas flores, y donde antes sólo había un prado ahora había un gran huerto.

Llamaron a la puerta y… ¡oh, sorpresa!, les abrió el padre, que ahora no vestía harapos. Al verles enseguida les hizo pasar y llamó a su mujer y a sus tres hijos. En aquella casa se respiraba la alegría que la familia antes no tenía.

  • Me alegro de que las cosas les vayan tan bien -dijo el maestro.
  • Ahora sí, pero ¿saben? fue muy duro, porque el mismo día que ustedes marcharon, unos indeseables mataron a nuestra vaca y nos desesperamos mucho. Tuvimos miedo, porque sin la vaca perdimos el poco sustento que teníamos. Pero después, nos sentamos y estuvimos pensando qué podíamos hacer, y decidimos comprar semillas con una cantidad del queso que nos quedaba, y cuando recogimos la primera pequeña cosecha, usamos una parte para comer y otra para venderla y comprar más semillas. Con el tiempo, también cultivamos flores, que igualmente vendimos en el mercado local y, así, progresivamente, conseguimos lo que ahora ven ustedes.


¿Y tú? ¿Tienes tu vaca?

No responses yet

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *