No entremos en el círculo de la insatisfacción.

Un cuento para superar la tristeza valorando lo que se tiene, que no quiere decir resignarse.

Se cuenta que, en un lejano país, había un rey muy triste que tenía un criado muy alegre, era un paje feliz.

Un día el rey le mandó llamar para que le dijera el secreto de su alegría y el sirviente le dijo que no había ningún secreto, pero el rey no le creyó e insistió en su pregunta, y la respuesta fue la misma. Ante el enfado del rey, el sirviente añadió que no tenía motivos para estar triste pues su esposa y él gozaban de buena salud, vivían cómodamente en un anexo del palacio y de tanto en tanto el mismo rey les daba unas pocas monedas con las que satisfacían sus caprichos.

Al día siguiente el rey hizo llamar a un sabio del reino porque no se creía lo que le contó el criado y quería que el sabio le diera una respuesta que pudiera comprender:

  • No puede ser que este sirviente, viviendo en una casa que no es suya, usando ropa vieja, comiendo las sobras de palacio y con las pocas monedas que le doy, sea feliz y siempre esté alegre.
  • Majestad, lo que sucede es que él está fuera del círculo.
  • ¿Y por eso es feliz?
  • No, él es feliz porque nunca ha entrado.
  • ¿Qué es eso del círculo?
  • Es el círculo del 99. Majestad, yo se lo puedo demostrar con hechos, pero debe estar dispuesto a perder a un excelente sirviente cuando entre en el círculo.
  • Sí, sí, obliguémosle a entrar a ese ridículo círculo.
  • No le podemos obligar, nadie entra obligado. Él entrará por su propio pié si le damos la oportunidad.
  • ¿Qué hay que hacer?
  • Majestad, esta noche le pasaré a buscar. Tenga preparadas 99 monedas de oro en una bolsa de cuero, ni una más ni una menos. Saldremos sin la guardia, iremos solos.

El rey así lo hizo. Por la noche se dirigieron a la casa del criado, llamaron a la puerta, dejaron la bolsa con las 99 monedas junto con un mensaje, se escondieron y esperaron a ver qué pasaba.

El sirviente abrió la puerta, miró en la bolsa y se quedó atónito. Luego leyó el mensaje que decía “Este es el premio por tu buen trabajo. Es tuyo. Disfrútalo, pero no le digas a nadie cómo lo has encontrado.”

Acto seguido sacudió la bolsa para oír el ruido de las monedas, él nunca había tocado ninguna, la apretó contra su pecho y entró en la casa. Una vez dentro, atrancó la puerta y se puso a contarlas a la luz de la vela. El rey y el sabio se aproximaron a la ventana para ver qué pasaba: el sirviente las amontonaba y las desparramaba, las acariciaba, movía la vela para ver cómo brillaban; al final fue haciendo pilas de diez monedas y se dio cuenta que tenía 9 montones de 10 monetas y un montón con 9 monedas, y esto le estremeció, y se puso a buscar con desesperación la moneda que faltaba para hacer 10 montones de 10 monedas, pero no la encontró. Pensó que alguien le había robado una moneda. La cara del paje ya no era la misma, tenía una expresión tensa, 99 monedas es mucho dinero pero no son 100, 100 es un número redondo, completo, pero 99 no lo es.

Receloso, metió las monedas en la bolsa y la escondió entre la leña para que nadie la encontrara. Luego cogió papel y lápiz y se puso a hacer cálculos para conseguir su moneda número 100 y poder vivir como un hombre rico y el resultado fue que debería ahorrar durante diez o doce años; para no esperar tanto tiempo calculó cuánto podria ganar si su esposa y él trabajaran en el pueblo al terminar su jornada laboral en palacio, pero siete años también le pareció demasiado tiempo; ¿y si comieran menos y vendiera lo que no comían?, ¿y si vendiera la ropa de invierno ahora que venía el verano?, ¿y si hacía otro sacrificio y se quedaban con un solo par de zapatos cada uno?…

El rey y el sabio regresaron a palacio. El sirviente había entrado en el círculo de 99.

Durante los meses siguientes el paje seguía el plan que se había trazado, y un día se cruzó con el rey. El rey le vió serio, como enfurruñado y de mal humor, le preguntó qué le pasaba puesto que antes reía y cantaba, pero el criado respondió airado que no era su bufón, que hacía su trabajo y nada más. Ante una actitud así, no pasó mucho tiempo hasta que el rey lo despidiera de palacio porque no era agradable tener un paje que siempre estaba de mal humor.

El rey recordó lo que le había dicho meses atrás el sabio: que perdería a un excelente paje si este entraba en el círculo, puesto que es un círculo de insatisfacción y siempre le faltaría algo para sentirse satisfecho, que no entendería que las 99 monedas eran el cien por cien del tesoro, no le faltaba nada ni nadie le había quitado nada.

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