Un día que iba en metro me di cuenta de que no cesaba de mirar el reloj porque iba justa de tiempo. Estaba inquieta y nerviosa. Entonces, me hice una reflexión que me acompaña siempre que voy dentro de un autobús, coche, metro o cualquier otro vehículo y es la de que de nada me sirve inquietarme cuando estoy allí dentro porque yo no puedo hacer nada para ir más deprisa.

Así es que, aunque habitualmente intento ir a mis citas con margen de tiempo suficiente para ir tranquila, si alguna vez voy justa de tiempo y estoy dentro de un vehículo me relajo, porque de nada me sirve inquietarme. ¡Ah! Algo muy importante es que no miro la hora hasta que bajo del transporte.

Esta es una de las anécdotas de mi vida que me hicieron replantearme empezar a tomarme la vida con más calma y me puse manos a la obra.


El semáforo en rojo.

Algo que ahora disfruto haciendo es pararme en todos los semáforos cuando se ilumina el color rojo que nos indica que debemos detenernos unos instantes. Esto es algo, que al menos en Barcelona (la ciudad en la que vivo) la mayoría de las personas solo hacen cuando el paso continuado de vehículos les impide cruzar la calle.

Los semáforos en rojo son una oportunidad para respirar conscientemente y observar todo lo que nos rodea.

El día que decidí incorporar la calma en mi vida, fue también el día que decidí pararme en todos los semáforos cuando, con su luz roja, así me lo indiquen. “Todos los semáforos” significa que también me paro en los que se encuentran en calles pequeñas cuando no pasa ningún vehículo.

Entonces aprovecho esos breves instantes para respirar conscientemente y observar lo que me rodea. Esos minutos, acumulados a lo largo del día, me proporcionan un tiempo, nada despreciable, de relajación y bienestar.

He observado que esto no me impide llegar a tiempo a mis citas.

Si vives en una ciudad o en un pueblo grande en los que haya semáforo te invito a que lo practiques. Te regalarás unos ratos impagables de bienestar que tendrán un impacto positivo en tu vida.


¿Vives cerca de algún parque?

Este apartado está dedicado especialmente a las personas que vivimos en grandes ciudades y que no nos resulta posible ir cada día al bosque a dar un paseo.

En mi caso, tengo cerca el parque de La Pegaso. No es demasiado grande, pero tiene espacios verdes con pinos y muchas plantas. El suelo es de tierra y cada día me acerco un rato al parque. Me voy a una zona en la que mi vista solo alcance esta zona verde y ningún edificio. De esta manera me quito los zapatos, observo, miro, respiro, escucho, cierro los ojos y finjo que estoy en la montaña. La verdad es que funciona muy bien. Te lo recomiendo.

Este es uno de los rincones del parque de La Pegaso donde no se divisa ningún edificio. Es un entorno muy relajante.

A veces solo puedo estar allí 5 minutos y a veces una hora. Sea como sea, esos momentos son maravillosos. 

Aunque lo ideal es poder ir a la naturaleza, cuando esto no es posible, podemos aprovechar estos parques que hay en las grandes ciudades.


Sal a caminar sola sin compañía de nadie más.

La finalidad de estas salidas es la de ir tomando consciencia de cómo caminamos, cómo se mueve nuestro cuerpo al andar y, principalmente, para poder prestar atención a lo que ocurre y a todo lo que nos rodea.

Cuando caminemos con esta finalidad, pondremos mucha atención en la respiración, pero no la modificaremos conscientemente para nada. Solo la observaremos.

Te invito a que juegues con tu atención, puedes hacerlo alternando el ritmo de la caminata, ahora vas más rápido, luego más despacio o a paso de hormiguita, etc. Aprovecha estos cambios de ritmo para observar tu cuerpo, si se mueve siempre igual o hay algo que cambia (céntrate en tus extremidades que son las que más actividad tienen al caminar).

Párate a sentir el aire en tu piel, en los olores (si son agradables o no), en el paisaje, etc.


Bosteza.

Sí, lo has leído bien. Bostezar es una de las técnicas de relajación más sencillas y eficaces que conocemos.

Te recomiendo que bosteces sobre todo después de haber vivido algún momento de estrés. Haz cuatro o cinco bostezos provocados, fingidos. Y cuando ya los hayas terminado, estarás preparada para el grande.

Abre bien la boca y coge aire mientras lo haces; a continuación, suéltalo, si puede ser con un suspiro de alivio.

Quédate un rato sentada y verás como los bostezos van apareciendo sin que ahora tengas que hacer nada para ello.

Bosteza hasta que sientas que te has liberado de tu estrés.


Esto es todo por hoy. Muchas gracias por leerme.

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