Descubrir tu misión de vida.

El primer paso importante para aprender a valorarte es el de descubrir cuál es tu misión de vida, el “para qué estás aquí». 

Tu misión de vida está directamente relacionada con aquella habilidad especial que tenemos para hacer algo concreto, y que las personas que nos conocen alaban siempre. Tú no acostumbras a valorarlo porque, como te resulta fácil de hacer, no le das importancia, crees que es algo sencillo; pero no lo es para todas las personas.

Tienes una habilidad especial en algo con lo que te puedes pasar horas y horas haciendo y ni te das cuenta (incluso te concentras tanto en hacerla que por más que alguien te llame o te hable, no te enteras).

Eso te indica cuál es tu misión de vida: dibujar, coser, cuidar, acompañar, educar…


Reconocer públicamente qué es aquello que haces bien.

Ahora mismo me gustaría que te pusieras de pie y digas en voz alta: “Soy una crack en…”. 

Repite la frase, pero esta vez ponte la mano encima del corazón. 

Y cuando la vocecita empiece a decirte: “¿Pero qué tontería es esta?” o “¿No ves que estás haciendo el ridículo?” o cosas similares, le dices: “Gracias, pero te agradecería que me dejaras tranquila” y vas insistiendo.

Hazlo tantas veces como puedas, cuanto más repitas esta frase, menos raro te parecerá y más lo irás aceptando.

Olvídate de los pensamientos que te digan que esto es pedante, egoísta, narcisista, etc. 

Tienes unas habilidades únicas y el mundo siempre te agradecerá que las compartas con tus semejantes. Lo pedante, egoísta, narcisista, etc. es guardártelas solo para ti. Wayne Dyer lo dijo de una manera mucho más poética: “No mueras con tu música dentro”.

Valora y comparte tus habilidades.

Lo terriblemente curioso de todo esto es que decir que eres una crack acostumbra a dar vergüenza o a incomodarnos, pero decirte que eres un desastre o que todo lo haces mal, te resulta mucho más fácil, y es casi automático; sin embargo, repetirte una y otra vez estas cosas te aporta un gran malestar emocional.


¿Cómo hablas de ti? 

Esto es algo muy importante y que marca cómo vives la vida y cómo te van las cosas. 

Lo que dices, primero lo has pensado, luego lo verbalizas y luego lo materializas. Es la fórmula de Pensamiento – Palabra – Acción.

Nuestra manera de hablar es un gran indicativo de cómo pensamos y, en función de lo que pensamos y decimos, actuamos (tomamos unas decisiones u otras, nos relacionamos con unas personas y no con otras, etc.).

Cuanto más nos repetimos un pensamiento, más lo vamos a materializar. Si quieres profundizar más en esto, te recomiendo que leas mi artículo: ¿Has oído hablar de la profecía autocumplida?; en él te explico con más detalle cómo funciona todo esto. Aunque resumido en una sola frase sería: “Lo que crees, al final lo acabas creando”.

Como he dicho en el apartado anterior, nos cuesta poco decirnos cosas del tipo: “No valgo”, “soy torpe”, “soy incapaz”, “soy así y a mi edad ya no voy a cambiar”, etc. Llegadas a este punto te voy a invitar a que empieces a cuestionarte estas cosas destructivas que dices de ti:

¿Realmente no vales? ¿Seguro que eres torpe o incapaz? ¿Cómo que a tu edad ya no vas a cambiar? ¿De verdad vas a resignarte a vivir una vida que te insatisface solo porque creas que ya no puedes hacer nada para cambiar?


Ten una cita contigo.

Si ves mis conferencias o sigues mis artículos, verás que soy insistente en dos cosas: en tener un diario de las emociones y en tener una cita contigo misma. 


Agradece todo lo que haces por otras personas y lo que ellas hacen por ti.

Sé consciente cada día de todo por lo que tienes que agradecer. En la canción de Joan Manuel Serrat «Hoy puede ser un gran día» dice: «Que todo cuanto te rodea lo han puesto para ti» / «No lo mires desde la ventana y siéntate al festín»

Observa todo lo que hay en estos momentos cerca de ti y da las gracias. Si estás leyendo este artículo es porque tienes o bien un teléfono móvil, o un ordenador; da las gracias por ello. Y si no tienes nada de esto y alguien te ha prestado el suyo para que puedas leerlo, también agradece tener cerca una persona así.

Agradece tener aire para respirar, agua para mojarte, un corazón que late sin que tú seas consciente de ello. 

Dedica unos cuantos minutos al día a buscar personas, situaciones y cosas por las que puedes dar “¡GRACIAS!” y no te olvides  de dar las gracias a todas las partes del cuerpo por las extraordinarias funciones que realizan en silencio.

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