La historia que te voy a contar me gustó enormemente cuando la conocí, porque es muy gráfica y fácil de entender. Trata sobre el control de la ira y del daño que causa.

Contaba un predicador que cuando era niño se enfadaba con facilidad y tenía estallidos de ira, pero luego, ya calmado, sentía vergüenza por su actuación y pedía perdón a quien había ofendido.

Un día su maestro, que había presenciado cómo se disculpaba a otro de sus compañeros, lo llamó fuera de la clase y dándole una hoja de papel lisa le dijo con mucha calma:

  • Arrúgala.
  • ¿Por qué?
  • Tú hazme caso. Arrúgala haciéndola una bola.

Él la arrugó, y, cuando iba a darle la bolita de papel al maestro, el maestro le dijo:

  • Ahora déjala lisa como antes.

Evidentemente no pudo dejarla igual que antes, y su maestro le explicó:

  • El corazón de las personas es como esta hoja de papel. Las ofensas que les haces son tan difíciles de borrar como estas arrugas, aunque pongas empeño en pedir disculpas. Cuando sientas que vas a estallar, piensa en este papel arrugado.

El predicador explicaba que esa lección que le dio su maestro lo acompañó siempre y le ayudó a ser más comprensivo y paciente. Aprendió a expresar desacuerdo o enfado sin herir a los demás, haciéndolo siempre desde el respeto.



Este cuento sirve tanto para controlar nuestra propia ira, como para ayudar a otra persona que no la controla.

La manera más efectiva, es hacerlo igual que lo hizo el maestro. Yo lo hice así:

Aproveché que la persona que me contestaba mal, preadolescente en aquel momento, me estaba pidiendo perdón después de un estallido, y que estábamos las dos solas (eso es importante), para decirle: “Voy a enseñarte una cosa”. Ella se quedó callada y observando. Dibujé un bonito corazón en una hoja de papel y se la dí. Le dije que la arrugara y, una vez arrugada, le pedí que intentara alisarla. Desarrugándola, me contestó que no quedaría como antes y yo le dije: “El corazón que he dibujado es mi corazón. Cuando sientas que vas a tener un arrebato, recuerda este corazón.

Me miró y se echó a mis brazos llorando.

No voy a decir que obró milagros de la noche a la mañana, porque todo requiere tiempo y práctica, pero lo cierto es que la ayudó muchísimo a gestionar esos arranques y prontos que tenía, y a calmarse antes de decir según qué y cómo.

Espero que esta historia te haya gustado, y le doy las gracias a Janet porque ella fue quien me mostró cómo quedaba mi corazón después de un arrebato.

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