Qué se esconde en el interior es lo que importa. El exterior ya lo vemos.

Valora bien de qué te desprendes, porque no por feo es malo ni por hermoso es bueno.

El cuento de hoy nada tiene que ver con el apego, sino que responde a estas preguntas:

¿Cuántas veces te has desprendido de cosas que considerabas perjudiciales y después has descubierto que eran importantes en tu vida?

¿Cuántas veces no has valorado la tarea que alguien realizaba a tu lado?

¿Cuántas veces has sentido que alguien te infravaloraba o rechazaba a pesar de tu esfuerzo?

La historia se sitúa en un jardín en el que crecía una rosa de una belleza y perfección sin igual. Era muy admirada por todos. También por una rana que allí habitaba y que gustaba de estar cerca de ella.

Un día, la rosa le dijo la rana:

  • Mira rana, tu fealdad me molesta, no estás acorde con mi belleza. Croas sin cesar y eso me disgusta y disgusta a la gente, que dejan de admirarme porque se van al verte. Quiero que te vayas, y, si de verdad me quieres, te irás de aquí.

La rana, muy enamorada de la rosa, no pudo negarse a su deseo y marchó a un jardín lejano.

Pasado un tiempo, la rana quiso ver a la rosa a escondidas, la echaba de menos. Cuando llegó al jardín encontró al rosal marchito y a la rosa mustia, débil y decaída.

  • ¡Hola! ¿Qué te ha pasado? -preguntó la rana.
  • Desde que te fuiste todo ha ido de mal a peor; las langostas, moscas y larvas debilitaron las raíces y las hojas de mi rosal. Y ahora no tengo fuerzas para mantener mi lozanía, ya no soy la que era. He tenido muy mala suerte.
  • Lo siento mucho. No es cuestión de suerte, ¿sabes? -dijo la rana sin rencor- Yo me comía todos los insectos que merodeaban cerca de ti, aun sin hambre, porque quería que nada te pudiera perjudicar para que tú crecieras hermosa y fuerte. Yo croaba de alegría, no lo sé hacer de otra manera. Al echarme de aquí, nadie más hizo ese trabajo. Tú solamente veías mi fealdad, no mi amor, y por amor a ti accedí sin protestas a tu petición de alejarme, porque ese era tu deseo.

A veces nos comportamos como la rosa, otras se nos trata como a la rana. Pero todas las personas somos rosa y rana: florecemos y ayudamos a florecer juntas.

No responses yet

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *