Aprender a vivir en armonía de la mano de un maestro que no habla.

 

Esta historia habla de amor, de paz interior y de autenticidad. He leído varias versiones, pero la que más me gusta es la que comparto a continuación titulada “¿Por qué los perros viven menos que las personas?”

Una familia tenía un perro ya mayor que se puso enfermo. Llamaron al veterinario y este les dijo que no le podría salvar, que ya era anciano y que se apagaba como una velita.

Toda la familia estaba alrededor del perro, acariciándole, cuando se sumió pacíficamente en un sueño para no despertar. Entonces, la madre, muy triste, exclamó como en un susurro para ella misma:

  • ¿Por qué la vida de los perros es más corta que la de los humanos?

El hijo pequeño de la familia, que parecía aceptarlo con naturalidad y seguía acariciando la cabeza del perro, respondió:

  • Los humanos tenemos que aprender a vivir y a ser buenas personas. Los perros nacen sabiendo todo eso y por eso no necesitan vivir tanto tiempo como nosotros.

Todos se quedaron perplejos ante esa respuesta, incluso el veterinario. La abuela siguió con la explicación del niño diciendo:

  • Si un perro fuera nuestro maestro aprenderíamos:
  • A ir siempre corriendo a saludar a nuestros seres queridos al llegar a casa.
  • A no dejar pasar nunca la oportunidad de salir a pasear.
  • A disfrutar del aire fresco y del viento en nuestra cara.
  • A tomar siestas y descansar.
  • A estirarnos muy bien antes de levantarnos, a desperezarnos.
  • A correr, saltar y jugar cada día.
  • A evitar “morder” cuando con un solo gruñido es suficiente.
  • A beber mucha agua y buscar la sombra de un árbol cuando hace mucho calor.
  • A bailar con todo nuestro cuerpo cuando nos sentimos felices.
  • A disfrutar de las cosas simples, como lo es una larga caminata.
  • A ser fieles.
  • A no pretender ser algo que no somos. A ser auténticos.
  • A buscar con persistencia lo que queremos hasta lograrlo, de la misma forma que él busca algo que está “enterrado”.
  • Y, sobretodo, que cuando alguien tiene un mal día, a sentarnos en silencio a su lado y hacerle sentir que estamos allí.

 

(En memoria de mis maestros no parlantes, allí donde estéis)

 

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