Todas las personas necesitamos trabajar con el perdón.

Todas aquellas cosas que necesitan ser perdonadas y no hemos perdonado son heridas mal cicatrizadas, ya que todas ellas se nos quedan grabadas en una parte de la memoria, quizás no de una forma consciente, pero están allí y están haciendo un trabajo nada grato en nuestra vida y en nuestra mente, puesto que cada vez que algo nos recuerda aquello (o cada vez que nos viene a la memoria) revivimos escenas de dolor. Sería como echar sal a una herida abierta.

¿De dónde viene el dolor que sentimos?

Habitualmente creemos que el dolor que sentimos viene de la persona que nos causó ese dolor, pero no es así.

El dolor que sentimos ahora es un dolor que viene de dentro de nosotras y, justamente por ese motivo, nosotras somos las responsables de decidir revivirlo o no. Ese es nuestro libre albedrío: “me quedo enganchada a esa memoria de dolor o la suelto y atraigo la paz a mi vida.”

Cuando sentimos dolor, estamos teniendo pensamientos de dolor, y cuando sentimos tristeza, estamos teniendo pensamientos de tristeza.

Imagina que estás sentada a la sombra de un árbol en un maravilloso día de primavera y estás leyendo un libro; todo tu entorno es un entorno de paz, de naturaleza y de armonía, pero en un momento determinado algo de la lectura te lleva a un pensamiento pasado de dolor, y en ese momento empiezas a sentirte mal. Fíjate que tu entorno no ha cambiado en nada, fuera no ha cambiado nada, lo único que ha cambiado es que tú te has ido a ese pasado y a esa memoria de dolor.

En ese momento, mi recomendación sería: respira, observa y quédate contemplando ese entorno tan maravilloso que tienes delante. También puedes decirte: “¡cuidado!, eso que estoy pensando forma parte de un pasado y lo quiero soltar, y lo suelto.” Continúa respirando y continúa contemplando tu entorno.

Soltar y perdonar para tener paz interior.

Cuidado con los juicios.

Los juicios, normarmente rápidos, que acostumbramos a hacer son los que nos traen memorias de dolor, memorias de que alguien nos está haciendo daño, que alguien nos está haciendo algo que nos duele.

Voy a compartir contigo una breve historia que leí una vez, hace tiempo ya, y que me impactó:

Cuentan que un señor estaba tranquilamente sentado en el Metro cuando, en una de las estaciones, subió un hombre con tres niños pequeños. La aparición de esa familia revolucionó el vagón, puesto que los niños no paraban de moverse, subían y bajaban de los asientos, daban vueltas cogidos a las barras… y ese señor empezaba a sentirse molesto. Él pensaba “pero este padre ve que los niños nos están molestando y no hace nada” y se iba enfadando cada vez más. En un momento dado, el padre de esos niños le miró a los ojos y le dijo: “siento que mis hijos le estén molestando, señor, pero acaba de morir su madre y ellos lo gestionan como pueden y yo no tengo fuerzas para más.”

Cuando dejamos de hacer juicios rápidos, juicios a nosotras, juicios a los demás, nuestra relación con nosotras mismas se transmuta y mejora, y nuestra relación con las memorias del pasado de las que antes hemos hablado, cambia de manera radical.

El gran regalo del perdón.

Perdonar es como abrir la mano y soltar la presión que estoy ejerciendo sobre algo, de la misma manera que podemos soltar una pelota o una piedra.

Perdonar es sacar de nuestra mente una de estas memorias de dolor. Para cada una de ellas nos interesa trabajar el perdón y soltar.

Sería como decir: “ya no quiero cargar más este peso de dolor, quiero liberar la carga de mi mochila emocional”. Porque perdonar es una decisión y, como he dicho antes, forma parte de mi libre albedrío.

Tú decides si te quedas enganchada en el dolor y la rabia, que solamente a ti te daña, o, si perdonas, lo liberas y sigues con tu vida.

Lee aquí la continuación de este artículo: “Soltar y perdonar para tener paz interior (II)”.

Gracias por leerme. Un abrazo.

Janet

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