El cuento de hoy nos enseña que no debemos posponer las cosas, primero porque baja nuestra autoestima al no conseguir nuestras metas, y segundo porque no sabemos cuándo pueden cambiar las circunstancias y necesitar aquello que hemos postergado durante tanto tiempo.

Procrastinar nos puede suponer un gran desastre.

Cuentan que muy cerca de un río vivía un barquero cuyo trabajo era pasar personas de una orilla a otra y que estaba muy solicitado por ser el único que había en muchos kilómetros.

Un día le pidió cruzar una pareja de granjeros que llevaban una oveja para venderla en el mercado que había en la otra orilla. Cuando subieron a la barca, la mujer le dijo al barquero:

  • Señor, entra algo de agua en el bote, ¿será seguro cruzar el río?
  • No se preocupen, -dijo el barquero despreocupado- esto ha pasado siempre. Ya lo arreglaré cuando tenga tiempo.

Aunque con un poco de agua, llegaron a la otra orilla y le pagaron.

Otro día fue una joven la que tenía que cruzar el río y, al poco de remar el barquero, la joven dijo:

  • Señor, estos remos están en muy mal estado. ¿Y si se rompen ahora?
  • No se preocupe, señorita, ya los arreglaré cuando pueda. Todavía pueden aguantar así un tiempo.

Los remos aguantaron y la joven le pagó al llegar a la otra orilla.

Un día que hacía mal tiempo y que el río estaba algo crecido, un noble solicitó al barquero sus servicios. Aunque el tiempo no era bueno, el barquero aceptó llevarlo. Pero resultó que el río estaba muy revuelto, entrando mucha agua en el bote, y la fuerza con la que tenía que remar el barquero hizo que se rompiera uno de los remos. Entonces la barca se desestabilizó y chocó contra una de las piedras del fondo del río, cayendo los dos al agua. El barquero sabía nadar y pudo llegar a la orilla, pero el noble no sabía y se ahogó.

A los pocos días el barquero fue arrestado por orden del rey acusado de negligencia y de la muerte de un noble. En el juicio muchos fueron los que dieron testimonio de que la barca estaba deteriorada, entre ellos los granjeros y la joven. El rey sentenció que hubo negligencia reiterada con resultado de muerte y por ello condenó a muerte al barquero, que fue colgado en la plaza central.

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