Por suerte, la rana era sorda.

Cuentan que un día un grupo de ranas se desplazaba alegremente por un bosque. De repente, dos de ellas cayeron en un hoyo que no habían visto.

El hoyo era profundo y, a pesar de los saltos que daban para salir de él, no alcanzaban la orilla. Saltaban con todas sus fuerzas para llegar a lo alto, pero era muy hondo.

Las demás ranitas se situaron alrededor del hoyo e intentaron ayudarlas, pero no consiguieron llegar a ellas y, comprendiendo que no conseguirían ayudarlas ni las otras dos salir solas de allí, empezaron a agitar sus brazos mientras gritaban:

– ¡No saltéis más! ¡No lo vais a conseguir! ¡Daros por vencidas y dejad de saltar!

Oyendo esto, una de las dos ranas así lo hizo. Se quedó quieta, vencida y agotada, y se murió, sin más.

La otra ranita, sin embargo, siguió saltando y saltando intentando salir de allí. Saltaba una y otra vez. Ella veía cómo agitaban los brazos sus compañeras y no se desanimaba, no desfallecía. Verlas, la motivaba a saltar todavía más.

En uno de esos saltos… ¡zas! ¡lo consiguió!

Consiguió salir del hoyo, pero lo logró porque era sorda y no entendió lo que le decían las demás ranas. Pensó que la animaban y la vitoreaban.

Ella creyó que podía conseguirlo.

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