La experiencia nos permite aprender.

El cuento de hoy habla de segundas oportunidades.

Cuenta esta historia que un hombre muy rico, ya mayor y viudo, tenía un solo hijo al que le gustaba organizar fiestas frecuentemente, pasárselo bien con sus amigos y sin interés alguno por el negocio familiar ni por trabajar.

Un día, sintiéndose su padre ya muy mayor y viendo que su hijo gastaba tanto dinero y que no demostraba interés alguno por conservar el negocio, hizo construir al lado de su casa un pequeño establo en el que preparó una horca con un cartelito que ponía: “Para que nunca desprecies las palabras de tu padre.

Luego llevó a su hijo al establo y le dijo:

  • Mira, hijo mío, yo ya soy mayor y no viviré mucho más. Entonces tú lo heredarás todo, pero viendo cómo vives y que no entiendes que el dinero hay que ganarlo y trabajarlo, te pronostico, muy a mi pesar, que se te acabará el dinero, venderás el negocio y luego las propiedades, con lo que tus “amigos” desaparecerán. Ese será el momento, creo yo, en el que entenderás todo lo que te he enseñado. Solamente te pido una cosa: que me prometas que, si las cosas suceden así, te colgarás.

El hijo se rió. Pensó que su padre se había transtornado, pero era tan rico que creyó que eso jamás ocurriría y se lo prometió.

Unos meses más tarde su padre murió, y lo heredó todo. Y las cosas ocurrieron tal como su padre había predicho. Así que, sumido en la más absoluta desesperación, se dirigió al establo y, arrepentido por no haber escuchado a su padre, cumplió su promesa y se colgó. Pero en ese instante el brazo de la horca se rompió y él cayó al suelo, cayendo sobre él todo tipo de piedras preciosas y también una nota de su padre en la que le decía: “Hijo amado, te brindo una nueva oportunidad. Aprovéchala. Tu padre que te quiere mucho.

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