“Cuando te encuentres en el lado de la mayoría, es momento de parar y reflexionar.”
Mark Twain
No te conformes con vivir en la mediocridad.

Todas las personas somos especiales y tenemos un talento que nos hace únicas. Lo que nos ocurre es que a lo largo de nuestra vida recibimos muchos mensajes que configuran en nuestra mente una serie de creencias limitantes que nos traen barreras mentales que impiden desarrollar nuestro verdadero talento y nos acabamos conformando con vivir la vida que vive la mayoría de personas (que a su vez, les ha ocurrido lo mismo que a nosotras).

Cada miércoles, en este mismo blog, mi querida amiga y colaboradora Rosa Muro, nos regala un cuento inspirador, hoy, voy a contarte uno que me ha venido a la memoria al leer la frase de Mark Twain.

Esta historia de hoy habla de un águila que se creía gallina y dice así:

Hace ya muchos años, en un pueblo lejano hubo una gran sequía, por lo que las personas que cuidaban los rebaños tenían que ir más allá de los prados y subir por montañas rocosas.

Un día, un pastor que había llevado sus ovejas a la cima de la montaña, al regresar a su casa se encontró en el suelo un nido con dos crías de águila. Una de ellas había muerto al caer al suelo, pero la otra todavía estaba viva. Así que, a pesar de que a él no le gustaban las águilas porque alguna vez se le habían llevado alguna oveja pequeña, sintió compasión por el polluelo y decidió llevarlo a la granja para cuidarlo y así lo hizo. Le curó las heridas y le alimentó con frecuencia. 

Poco a poco, el polluelo se fue recuperando hasta que llegó un día en que se convirtió en una magnífica y espectacular águila adulta. El pastor, por un lado estaba satisfecho y feliz por haber logrado salvar ese polluelo que tenía las horas contadas, pero por otro lado empezó a preocuparse por la vida de sus gallinas y de sus ovejas.

No podía evitar recordar las veces que las águilas habían cazado algunos de sus animales. Así es que, al final, decidió llevar a la rapaz al bosque con la esperanza de que lograra continuar viviendo sin su ayuda; pero cada vez que el pastor la dejaba en algún sitio, el águila le seguía hasta la granja. Lo intentó varias veces y siempre pasaba lo mismo.

Al ver que el animal no tenía ningún comportamiento agresivo, decidió (aunque pudiera parecer una locura) poner el águila dentro del corral con las gallinas. Las pobres, cuando se vieron al lado de esa ave de presa empezaron a esconderse, asustadas,  por los rincones del corral; pero enseguida descubrieron que el águila se había quedado quieta en una esquina del gallinero, sin intentar cazar a ninguna de ellas. Poco a poco, las gallinas se fueron acostumbrando a la presencia de su nueva compañera. 

Algunos años más tarde, aquel magnífico ejemplar de águila se había acostumbrado a vivir como las gallinas, comía y se movía como ellas y hasta había aprendido a emitir el mismo sonido que hacían ellas.

Un día pasó por la granja un naturalista que se encontraba en la zona realizando un estudio de la vida de las águilas y se quedó helado al ver un ejemplar de ellas conviviendo con las gallinas y comportándose como tal. Enseguida buscó al granjero y le preguntó qué había sucedido para que un águila conviviera con las gallinas. El hombre le relató todo la historia y terminó diciendo que, a pesar de que por fuera su aspecto fuera de águila, ella estaba convencida de que era una gallina.

El naturalista se mostró en total desacuerdo con esto y dijo que, en su espíritu, este animal continuaba siendo un águila. Entonces, el pastor, algo enfadado porque creía conocer al animal más que ninguna otra persona, le dijo que se equivocaba. Y le retó: le dijo que si tan convencido estaba de que era un águila, lo que tenía que hacer para demostrarlo es conseguir que volara.

El naturalista cogió el águila con sus manos, la alzó y la lanzó al aire al tiempo que gritaba: 

-¡Vuela!

Pero el águila cayó al suelo con todo su peso, quedó algo aturdida y fue corriendo a refugiarse con sus compañeras, las gallinas. El hombre no se dio por vencido. Se subió a lo alto de una escalera con el animal entre sus manos y cuando llegó arriba, lo soltó. La pobre se dió otro golpe contra el suelo. Y este fue algo más fuerte que el anterior.

El granjero gritó angustiado que si quería matarla de un golpe, que si no le había quedado claro que ese águila se sentía gallina y se comportaba como tal; pero el naturalista seguía insistiendo en demostrar que el águila no era una gallina. Sabía, en el fondo de su corazón, que jamás olvidamos del todo quiénes somos realmente, nos hayan domesticado como lo hayan hecho. 

Entonces, el hombre le pidió al granjero que le mostrara el lugar donde encontró el nido del águila. Y así lo hizo. El naturalista llevaba consigo al animal que empezaba a estar un poco asustado con tanto golpe.

Cuando llegaron a la cima de la montaña, allí donde había nacido el águila, el naturalista le dirigió la cabeza hacia el sol y en ese mismo instante, el animal desplegó sus majestuosas alas y se puso a volar. Había redescubierto su verdadera identidad.

El cuento es largo y no voy a añadir nada más, solo te dejo unos instantes para la reflexión para invitarte a pensar realmente si estás viviendo en conexión con quién eres o con quién te han dicho que eres.


Rellena el formulario y cuéntame en qué te puedo ayudar. Recuerda que la primera sesión es gratuita.

No responses yet

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *