El cuento de hoy, que es una adaptación de un cuento de Mamerto Menapace, habla de que son los bienes inmateriales que se hallan en lo más profundo de nuestro interior lo que nos hace felices.

Busca en lo más profundo de tu ser y descubre tu interior. Allí encontrarás tu don.

Este cuento empieza en una ciudad habitada por pozos. No la habitaban personas, la habitaban pozos vivientes, y, al igual que las personas, los había de todo tipo y condición. Se diferenciaban por el brocal: los más pobres lo tenían de madera, piedras o ladrillos, y los más ostentosos lo tenían de mármol labrado, e incluso con incrustaciones de piedras preciosas.

Un día les llegó una noticia de otra ciudad (probablemente de humanos), que circuló de brocal en brocal, acerca de la última moda allí: había que cuidar la belleza interior frente a la exterior.

La noticia causó furor y en un santiamén todos los pozos empezaron a llenarse de las cosas que cada uno creía más importantes. Los más ostentosos se llenaron de joyas y monedas, los más intelectuales de enciclopedias e incunables, los más artistas de obras de arte, los más prácticos de artilugios y artefactos, y así cada pozo competía con los demás para ser el que más lleno estaba.

Llegó un momento que estaban tan llenos que pensaron en expandirse para poder contener más cosas. Pero al expandirse a lo ancho, los brocales se hacían cada vez más y más grandes y casi se rozaban unos con otros. Incluso algunos empezaban a perder su identidad de tan cerca como estaban, casi se fundían.

En las afueras de la ciudad vivían dos pozos muy humildes que veían con gran extrañeza lo que estaba pasando en la ciudad. Uno de ellos pensó que si no sería mejor crecer en profundidad antes que en anchura, es decir, profundizar antes que expandirse. Cuando se dispuso a hacerlo se topó con un problema: no podía excavar si antes no sacaba todo lo que lo llenaba.

Sintió miedo, pero al fin se decidió a desprenderse de todo y excavó. Y excavó. Tanto excavó que encontró agua. ¡Cuánta alegría sintió! ¡Nunca antes un pozo había encontrado agua! Estaba tan contento que empezó a jugar chapoteando y cuanto más chapoteaba más subía el nivel de agua, hasta que empezo a salpicar al exterior. Resultó que alrededor del pozo empezaron a crecer plantas y flores y árboles.

Desde la ciudad, los demás pozos miraban admirados cómo crecía un precioso bosque alrededor de aquel pozo, y uno de ellos le preguntó:

  • ¿Cómo lo has hecho? ¿Acaso es un milagro? Nunca hemos tenido agua. ¿Cómo la has conseguido tú?
  • No es un milagro. Solo tenéis que buscar en lo más profundo de vuestro interior.

Pero los pozos, aunque veían esa belleza, no estaban dispuestos a desprenderse de tus posesiones, al contrario, siguieron expandiéndose para poder almacenar más objetos.

Sin embargo, el otro pozo de las afueras de la ciudad veía a su compañero muy feliz y decidió imitarle. Se desprendió de sus objetos y excavó con determinación hasta que encontró agua. ¡Lo consiguió! Pero entonces le asaltó un temor y preguntó:

  • ¿Y si se acaba el agua? ¿Qué haremos entonces?
  • No lo sé. Ya veremos. Pero, fíjate, cuanta más agua saco más agua encuentro.

En ese preciso instante los dos pozos se dieron cuenta de que, además de comunicarse por el brocal, también lo hacían desde la profundidad, puesto que el agua que sacaban procedía del mismo arroyo. Solo ellos podían comunicarse así, ya que los demás no tenían el coraje de vaciarse de las cosas superficiales y buscar en lo más profundo de su ser.

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