“El miedo, si lo mantenemos en un equilibrio saludable, resulta ser un gran aliado para nuestra supervivencia.”

Janet Recasens

El problema no está en el miedo, sino en el tipo de miedo.

La respuesta al título sería: depende del tipo de miedo. 


No podemos vivir sin el miedo que está en el paquete emocional con el que nacemos.

Las personas que viven condicionadas por sus miedos constantes me dicen que darían lo que fuera por eliminar el miedo de su vida; pero el problema no está en el miedo, sino en el tipo de miedo.

Tenemos aquel nos viene de fábrica. Es el que se activa en nosotras cuando estamos ante una situación de peligro que pone en riesgo nuestra vida o nuestra integridad física. Cuando este miedo aparece se ponen en marcha, de manera automática, una serie de cambios fisiológicos en nuestro organismo: la presión arterial, la glucosa en sangre y la actividad cerebral se disparan. Todas las funciones no esenciales se detienen (esto incluye la del sistema inmunitario) y los brazos y las piernas reciben una buena dosis extra de sangre para preparar nuestro cuerpo, o bien para la pelea o bien para la huida. Otros cambios importantes que se produce en nuestro organismo es el de la dilatación de la pupila para dejar entrar más luz en ellos y podamos ver mejor, aún en la oscuridad; fruncimos la frente; aparecen temblores, la sudoración excesiva, etc.

Todas estas reacciones y más, nos producen una sensación bastante desagradable, esto, junto a que cuando sentimos miedo es porque percibimos que estamos en peligro, hace que esta emoción sea bastante desagradable para nosotras.

Este miedo, el que nos viene de fábrica, el que nos alerta de un peligro real, nos interesa mucho tenerlo porque es gracias a él que no saltamos al vacío o que no cruzamos la autopista cuando están pasando coches a alta velocidad. Una vez superado el peligro, sentimos un gran descanso y continuamos con nuestra vida; hay mayor daño para nuestro organismo a causa de los cambios que se producen en él ante la situación de peligro.


Sí que podemos (y nos interesa) vivir sin el miedo limitante.

Este miedo nos trae problemas porque cuando vivimos en una sensación permanente de peligro entonces, todos aquellos mecanismos automáticos que se disparan en nuestro organismo ante una situación de peligro, se instalan de manera casi permanente en él y esto, a medio y largo plazo, nos puede acarrear problemas de salud como podrían ser hipertensión arterial, bajada de defensas, diabetes o úlceras gástricas, entre otras dificultades.

Además, este miedo es un miedo muy limitante que recorta nuestras alas y nos impide llevar a cabo nuestros proyectos. Es el que nos retiene dentro de una jaula de cristal que no vemos, pero que nos impide salir de ella para avanzar. Sentimos que algo nos está bloqueando, pero no podemos ver qué es y, si no nos marcamos la labor de descubrirla para empezar a romperla, estaremos siempre limitadas.

La Dra. Elisabeth Kübbler-Ross pasó los últimos 25 años de su carrera profesional cuidando enfermos terminales. Ella hizo un estudio en el que se dedicó a preguntar a varios enfermos en sus últimos días de vida sobre qué se arrepentían y qué cambiarían de su vida en esos momentos.

La respuesta de la mayoría fue que se arrepentían de cosas que habían deseado hacer y que no se habían atrevido y que ahora las harían a pesar de sus miedos.

Estas personas nos han dejado una lección muy importante y, ahora que todas nosotras todavía estamos a tiempo de vencer nuestras limitaciones, es el momento de plantearnos realizar aquello que ansiamos hacer.

Si sentimos que, a pesar de todo, no nos atrevemos, podemos pedir ayuda a amistades o a personas profesionales. Sea como sea, no dejes escapar la vida, porque es TU VIDA.

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