“El miedo a fracasar, el sentimiento de culpa o las creencias familiares son algunos de los factores que nos originan miedos inexistentes.”

Janet Recasens

La mayoría de esos miedos tiene su origen en creencias inculcadas en la infancia, y son extremadamente limitantes.

Todas las personas llevamos grabadas en nuestro subconsciente una serie de creencias que nos han inculcado en nuestra infancia.

Algunas de ellas nos han resultado de utilidad para poder adaptarnos al medio en el que nos tocó vivir, otras, puede que la gran mayoría, solo sirvieron para domesticarnos, para que “nos portáramos bien”, para que no molestáramos a las personas adultas mientras hablaban entre ellas o descansaban.

En la infancia tenemos un gran poder de absorción de información y de mensajes que nos llegan de las personas que más estamos admirando en ese momento. Si esas personas nos dijeron cosas como “cuando los mayores hablan, las niñas se  callan” o “¡Deja de cantar de una vez que me pones nerviosa!” o mil mensajes de censura más, nosotras, en ese momento, asumimos que tienen razón y acatamos sus órdenes.

Cuando nosotras somos las personas adultas, ya no necesitamos que nadie nos recuerde que tenemos que estar calladas o que es mejor que no cantemos en público porque podemos poner nerviosa a la gente que nos rodea. Lo tenemos tan integrado que ya nos censuramos nosotras mismas repitiendo de manera inconsciente estos mensajes que escuchamos una y mil veces en nuestra infancia.

Entonces, si tomamos por ejemplo, la creencia limitante de “¡Deja de cantar de una vez que me pones nerviosa!” y resulta que nuestras amistades deciden un día que sería divertido ir a un karaoke a cantar y a reír, ese mensaje que permanece latente en nuestro inconsciente, aparece de repente y, casi sin darnos cuenta, buscamos una excusa que nos impide salir ese día con nuestras amistades, por lo que perdemos una gran ocasión de pasarlo bien.

Cuando después hablamos con ellas y nos cuentan cómo fue, sentimos que nos hemos perdido algo divertido por culpa de nuestros pensamientos. 

Esto lo podemos ir cambiando progresivamente desafiando estos mensajes que el único sentido que tienen es el de amargarnos la vida.

Así es que si volvemos al día en que nuestras amistades nos proponen ir al karaoke, vamos a ir; incluso si hemos ya soltado una excusa para no ir. En este caso, se trata de rectificar y decir que finalmente te lo has podido arreglar para ir.

Haz caso omiso a tus mensajes de angustia y censura. Dale las gracias a tu mente por querer protegerte, pero dile que ahora tú eres una persona adulta que es capaz de enfrentarse a nuevos retos. Y vas; no será fácil, sobre todo la primera vez, pero verás que cuando rompas este hielo, los siguientes no te van a costar tanto.

Una vez en el karaoke, antes de salir a cantar, bebe dos sorbos de agua lo más despacio que puedas, esto calmará tu inconsciente, y luego sal a la pista (estaría bien que la primera vez pudieras ir con una persona amiga, las dos cantando juntas), concéntrate en la canción y canta a pulmón libre; saborea el momento, disfruta, sé una con la música y olvídate de lo demás.

Sigue este método para todo aquello que deseas hacer y no haces. Busca las excusas que te pones y luego rétalas. La primera vez, mejor si puedes conseguir que alguien de total confianza te acompañe.

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