Este artículo está inspirado en el Instagram Live que hicimos Patricia y yo el martes, 12 de octubre de 2021. Es la continuación del artículo “Cómo aprender a valorarte (Primera parte)”.

Somos un ejemplo para nuestras hijas y si ven que nos amamos, ellas también se amarán.

Somos un ejemplo para nuestras hijas.

Ellas tienen una especie de antena con la que nos monitorean todo el rato y luego nos imitan; por esto, si decimos que algo no se hace o que no es saludable, no lo hagamos (al menos delante de ellas) porque es contradictorio y ante la duda ellas creen más en nuestras acciones que en nuestras palabras.

Ejemplos: “Los papeles no se tiran al suelo” y nosotras los tiramos al suelo; “fumar es malo” porque ellas piensan que, si nosotras fumamos, pues no debe ser tan malo; “no se dicen mentiras” y luego les mentimos a ellas; etc.


Enseñamos amor, amándonos.

Cuando nos ponemos en primer lugar, desprendemos una energía distinta cuando estamos con nuestras hijas, es una energía de amor.

Cuando te das amor, puedes dar amor incondicional. Wayne Dyer lo dijo con estas palabras “no puedes dar lo que no tienes”.

Si yo no me doy amor a mí primero, será difícil que yo pueda dar amor incondicional a mis hijos. Les podré dar un “¡Uf! ¡Otra vez tengo que estar con mi hija. ¡No me deja respirar! ¡No tengo nunca tiempo para mí!” Son cosas que pensamos y cuando empezamos con estos tipos de pensamientos (que, dicho sea de paso, nos interesa cortar lo antes posible) y seguimos con ellos, aparece la culpa.


El sentimiento de culpa es muy limitante y angustioso.

La culpa nos machaca sin piedad, por lo que es muy importante que vayamos aprendiendo a cambiar los pensamientos de culpabilidad por otros de aprendizaje.

En primer lugar, reconociendo que algo no hemos hecho como nos hubiera gustado o como pensamos que era la manera correcta de hacerlo.

Una vez lo hemos reconocido, nos podemos decir algo similar a esto:

–       De acuerdo, esto no lo he hecho bien y no me gusta para nada que haya ido así, pero ahora no lo puedo cambiar. Lo que sí puedo es ver cómo voy a hacerlo la próxima vez para no caer en el mismo error.

Es una manera de empezar a dejar atrás las autocríticas destructivas y los autojuicios que solo sirven para limitarnos y para rebajar nuestra autoestima.

Sobre todo, es el momento de asumir que para nada somos personas perfectas, que cometemos errores. Estamos aquí para aprender y nos vamos a equivocar un montón de veces a lo largo de nuestra vida. Es importantísimo asumir estos errores para que se conviertan en aprendizajes; pero para que sea así, tengo que hacer las cosas de manera distinta porque si voy repitiendo lo mismo una y otra vez, no voy a aprender, voy a quedarme estancada en el punto de partida.

Aprende a valorarte.

Pon atención a lo que piensas y dices de ti.

Hay algo que siempre me gusta recomendar a mis clientes y es el “prestar atención” a lo que dicen y piensan de ellas. Luego anotar aquellos pensamientos o verbalizaciones negativas que hagan sobre ellas mismas, para que, una vez escritos, los podamos cuestionar.

Como si fueran adolescentes y dijeran a estos pensamientos:

–       “¡Ya! ¡Seguro que es así! ¡Porque tú lo digas!

Ejemplo:

–       Es que todo lo hago mal.

–       ¿Seguro que todo lo haces mal? ¿Te has levantado esta mañana? ¿Te has duchado? ¿Has desayunado? ¿Te has vestido? ¿Todo esto lo has hecho mal? ¿Todo? ¿De verdad?

Somos muy tajantes. Podemos empezar a cambiar estas expresiones tan totalitarias por otras del tipo:

–       Bueno, a veces me equivoco, pero intento aprender de estas equivocaciones para volverlo a intentar. Seguramente cometeré otros errores hasta que aprenda la manera de hacerlo bien. Pero si acepto estas equivocaciones como aprendizajes llegará un momento en que lo haré muy bien.

Si eres una persona que conduce un coche desde hace tiempo, quizás recuerdes la primera vez que te sentaste delante del volante. Cuántas cosas veías a tu alrededor: freno, cambio de marchas, embrague (para los que ya tenemos una cierta edad)… Puede que incluso llegases a pensar que nunca llegarías a conducir con solvencia, pero pasados unos años no solo eres capaz de conducir sin estar pendiente de cómo utilizar los pedales, sino que ahora puedes incluso mantener una conversación con tu acompañante.


Los pensamientos se convierten en hábitos.

Nuestra realidad se va creando a base de lo que pensamos una y otra vez a lo largo del tiempo.

Un hábito es esto mismo. Es una acción que repetimos varias veces durante un cierto período de tiempo.

Cuando yo pienso con frecuencia que siempre me equivoco, que todo lo hago mal, que no valgo, que soy un desastre… Lo iré integrando en mi vida como algo lógico y normal porque me enfocaré en aquello que pienso reiteradamente de mí.

Sabiendo esto, podemos empezar a monitorizar aquello que pensamos sobre nosotras y empezar a darle la vuelta.

Es un proceso lento y que hay que practicar con mucha frecuencia para ir contrarrestando los pensamientos negativos y limitantes sobre mí.

Es importante no agobiarnos a la hora de prestar atención a lo que pensamos y decimos de nosotras.

Es normal que al principio nos demos cuenta que tenemos muchísimos pensamientos negativos y limitantes. No pasa nada porque el primer paso ya está dado.

Luego se trata de ir cambiando los pensamientos de manera progresiva, poco a poco. Sin prisa, pero sin pausa.

Algo que a mí me ha ayudado mucho en este proceso es el de cuando detectaba pensamientos negativos sobre mí. Me decía algo así:

–       Esto que dices de ti es muy desagradable. ¿Se lo dirías a la persona que más amas?

Si la respuesta a esta pregunta es “no”, tampoco lo quieras para ti.

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