El cuento de hoy nos transporta a la época en que los genios habitaban en lámparas maravillosas para que seamos conscientes del valor que tiene todo lo que nos rodea y todo lo que podemos hacer, que cada persona misma es su bien más preciado.

Tú, por el mero hecho de existir, eres un tesoro que no tiene precio.

En un pueblo muy lejano, un genio decidió salir un día de su lámpara para dar una vuelta y mezclarse con la gente. Para no llamar la atención se disfrazó de mendigo, pero las sandalias (acordes con el disfraz) estaban medio rotas y le herían los pies al andar. Pensó que estaría bien no usar su magia e ir en busca de un zapatero. Cerca había uno, así es que se aproximó a él y le dijo:

  • Buenos días. Aunque hace tiempo que no como y no tengo ni una sola moneda para pagarte, mis sandalias están rotas y me impiden andar bien, y te pido que me las arregles para poder seguir mi camino.
  • Yo soy muy pobre y también necesito dinero. Estoy cansado de que me pidan arreglos y que no me paguen por ellos -respondió el zapatero.

El genio se lo quedó mirando y le dijo:

  • Yo puedo darte lo que tú quieras.
  • ¿Dinero? -exclamó el zapatero con los ojos muy abiertos.
  • Sí. Puedo darte diez mil monedas de oro, pero a cambio de algo: tus piernas.
  • ¿Y qué voy a hacer con diez mil monedas de oro si no podré andar, bailar ni moverme con libertad?
  • ¿Qué te parece si te doy cien mil monedas de oro a cambio de tus brazos?
  • ¿Para qué las quiero si no podría abrazar a mis hijos, ni comer solo, ni hacer nada sin ayuda?
  • Bueno, ¿aceptarías un millón de monedas de oro a cambio de tus ojos?
  • ¡No! -respondió el zapatero asustado-. No podría ver a mis seres queridos, ni el amanecer, ni nada de lo que me rodea.
  • ¡Ah, zapatero! Me has dicho que eres muy pobre, pero ya ves que tienes una fortuna de un millón ciento diez mil monedas de oro y tú no te das cuenta.

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